Pocos discos inscritos en la época y el espíritu del Canto Nuevo optaron por una profundización tan interesante de los códigos de la cantautoría de entonces como Mensajero del amor. El primer cassette de Cristina González la hace parecer ⎯hoy, a la distancia⎯ como una alumna aventajada y en plenitud de capacidades, con toda la seguridad y atrevimiento de que pueden jactarse quien ya domina las lecciones que el resto del curso recién ensaya. Dentro de los códigos de la cantautoría social de esa época, González se aventuró por sendas asombrosas, tanto en el sonido como en la escritura. El resultado fue un disco de excepcional riqueza armónica y valiente disposición poética que merecía mayor difusión que la que terminó teniendo.

Más que una colección de canciones, el disco parece, por momentos, el largo despliegue de un manifiesto. La reflexión en torno a la función social del cantautor fue un tema en el que se explayó la Nueva Canción Chilena, pero que, dos décadas más tarde, el Canto Nuevo eligió relegar para momentos más felices. Cristina González, sin embargo, confía en la potencialidad de la canción como instrumento democrático, incluso cuando el horno no estaba para bollos. Son frecuentes en este disco las menciones a la libertad y el involucramiento personal en un amplio cambio social a través de la música (“Quisiera saber”, “Por saber quien soy”, “Canción de amor”), y en ningún título esto es más potente que en “Yo no canto”, probablemente una parcial paráfrasis al “Manifiesto”, de Víctor Jara:

Yo le canto al hombre entero
Al hombre combatiente
A su principio noble:
la razón inclemente.
Yo le canto a una trinchera
Y le canto a mi bandera
Y a la hora de enfrentarse
Yo no canto,
no canto,
no canto,
no canto.

Yo le canto a la memoria
Del pueblo con la historia
Y es el pueblo quién decide
A quién olvida y a quién revive.
Y ahora que bien lo sabes
Dónde va mi canto humano
Te digo que estés alerta
Que ya viene, que se acerca,
Se acerca el día cierto
En que rugirán los vientos
Y ese día hay que ganarlo
Con la fuerza y la razón.

Para González, la canción es un “camino” orientado hacia lo que, en “Aún tengo mi guitarra”, identifica como «estos dos amores que mandan mi oración»: hombre y patria. La autora tiene plena conciencia del momento crucial en el que elige cantar, y lo hace en permanente alerta de la mezcla de intranquilidad y valor desde la que se expresa. No es frecuente esa autoconciencia en las canciones de esta época, pero aún menos lo es la épica movilizadora de una canción como “Ven y avanza”. Si el Canto Nuevo estuvo definido muchas veces por canciones atemorizadas de sus efectos (con lamentos en primera persona que solían devenir en algo parecido a la autoflagelación), González parece sacar fuerzas desde fuera de su círculo inmediato para enarbolar un grito colectivo por completo excepcional: «Ayúdame a librar esta batalla / prepara tu lugar en el campo y en la plaza / Concreta tus ideas y unéte a la marcha / que ahora somos todos necesarios».

Cristina González maneja las formas de la trova (voz dúctil, delicada interpretación de la guitarra, comodidad en la construcción de imágenes poéticas, como las de “Principio vital”), pero el suelo arde bajo sus pies y no hay forma de que su canto pueda mantenerse ajeno a la violencia a su alrededor. “11 de noviembre”, su crónica musical en tributo a Sebastián Acevedo, es pionera en el tipo de musicalización sobre hechos noticiosos que se le haría a nuestros cantautores más cómoda durante el regreso democrático. «Padre caracol enfurecido / ahora somos todos tus hijos […] / No hay canto más valiente que tu prueba / tu vida vale ráfagas de sol», le canta allí al obrero que no encontró otro modo que la autoinmolación para pedirle explicaciones a la CNI por la detención sin cargos de dos de sus hijos. Éste es un disco conectado con su tiempo, aunque elige reflejar a sus héroes antes que a sus víctimas o victimarios. “Mensajero del amor” saluda al combatiente anónimo y liberador:

La acechan multiples condenas por saber
de la justicia de los hombres, del deber
y el enemigo lo persigue, va tras el
y el mensajero esta seguro de vencer
si no es hoy dia es mañana o despues.

«Aquí ha habido un gran trabajo colectivo», agrade la autora en el texto de carátula. Es innegable la riqueza que a estas canciones les aportan músicos tan destacados como Claudio Pájaro Araya, Jorge Campos, Jaime Vivanco y Cristián Crisosto; tanto así, que hasta se hace simplificador identificar al disco puramente con la trova inscrita en su espíritu, y se hace necesario reconocer la riqueza de jazz-fusión en temas como “Yo no canto” y “El comienzo de la vida”, dominadas, más bien, por las sonoridades eléctricas. La osadía de esos arreglos es la justa para una mirada autoral y social por completo avanzada para el estándar de las cantautoras con las cuales Cristina González fue agrupada en su momento. El paso del tiempo sólo hace más lamentable esa reducción.

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