Nunca se ha llegado a acuerdo en torno a si la llamada «canción de exilio» conformó o no un subgénero propiamente tal. Ejemplos del canto a Chile a la distancia existen muchos, si bien suele verse esas composiciones de los años setenta y ochenta como una continuidad de la Nueva Canción, aunque sin la épica de su auge. En títulos como “Cuando me acuerdo de mi país” o “Ni toda la tierra entera” se cantaba desde la nostalgia que imponía una forzada lejanía; y hemos llegado a creer que no quedaron retratos más certeros del drama del destierro que esas proclamas ⎯hermosas, por cierto⎯ de Patricio Manns e Isabel Parra.

Pero ¿qué pasó con el chileno que desde Santiago sufría la ausencia de una novia o un hermano expulsados del país? La desazón que Dióscoro Rojas transmitía en estas canciones publicadas en 1982 pudo ser aún más punzante que la del desterrado que, en su nostalgia, al menos era capaz de poetizar el recuerdo y aspirar al regreso. Lo de Rojas en su primer disco, en cambio, es la ausencia irremediable y absoluta, sin consuelo ni fecha de vencimiento; conmovedora cuando convierte las estampas pedestres de una ciudad abatida en la síntesis áspera de la soledad:

¿Será porque la primavera se quebró
y hasta el momento no he podido hacer un sol, pa’ mí? […]
¿Será porque tu ausencia vive en el jardín
y aquella herida aún no puede florecer?

En esa línea de exilio interno y sin salida («insilio», lo han llamado algunos) lo más significativo está en “Biografía de los puentes”, canción guíada por un piano tranquilo ⎯la excepción, en un disco marcado por guitarras eléctricas y sintetizadores que no han envejecido muy bien, hay que decirlo⎯ y que acompaña una de las narraciones más conmovedoras de los efectos del Golpe de Estado logradas por el Canto Nuevo.

Es asombroso que una canción tan profunda y certera como ésta no sea más conocida:

Después que el hombre hizo caminos para hallarse con su hermano
vinieron ríos y otros hombres que impusieron la distancia
y en un abismo sepultaron los amores.
Casi nos cae el universo en aquel año.
Pasó el invierno lentamente con su rostro apesumbrado,
y a aquel paisaje de silencio nos fuimos acostumbrando;
menos algunos, que dijeron: «No es posible
vivir enteros y morirnos separados».

Y así crecieron los puentes del anhelo de la gente de vivir y amar.
Y así crecieron los puentes del anhelo, simplemente, de vivir
y amar.

 

Las aspiraciones casi asfixiadas de un chileno que siente amenazado hasta lo más básico recorren este disco tristísimo, que no logra zafarse del drama social en curso ni siquiera cuando su autor quiere jugar al gracioso y reírse de su nombre de pila en “Las ganas de llamarme Domingo”. Son canciones con la permanente presencia del ausente («con tu paso al caminar / y en mi piel, tu voz», canta en “Buscándote”) y que se aferran a una vaga esperanza de cambio («manda a decir la tierra que pasará el aguacero», en “Manda a decir”). Ese optimismo y las loas a Valparaíso están fusionados con inteligencia en “Puerto Esperanza”, la canción más conocida del álbum:

Cuando el viento salado sople a nuestro favor
y por tus escaleras no camine el dolor,
cuando tus ascensores se dejen de llorar
por los que un día zarparon con ansias de olvidar.

 

No hubo otro disco de Dióscoro Rojas hasta diez años más tarde (Cuando Dios vino al sur). El cantautor trabajó este debut luego de algunas experiencias de grupo y una vistosa lista de triunfos en festivales de provincia que se inició en los años sesenta. Brilla aquí una voz autoral fina pero apesadumbrada; moldeada, sin duda, por las aciagas circunstancias en las que se urdió. Pero no es ésta una queja cantada, como sí parecen tantas composiciones del Canto Nuevo. El de Rojas parece, más bien, un canto atado a su época y a su suerte; y ofrece, por su sencillez y honestidad, una rememoranza vívida del sentir del hombre común bajo dictadura, cuando la expresión ya se ha desapegado de la épica generacional y aún no está dispuesta a acomodarse a las circunstancias. Es curioso que ni el revival ochentero se haya detenido en este álbum de tan certero registro de época. O quizás no tengamos de qué sorprendernos. No es cosa grata volver a visitar la angustia, y en ninguna fonda queda bien un zapateo como el de esta “Cueca triste”:

No tengo ayuda, ay sí
Allá va, ¿qué está pasando?
Poco a poco el sosiego,
allá vá, me va matando.

Y es porque vos te fuiste,
mi cueca anda sola y triste.