• jorge yáñez — el huemul (1986)

2010/03/11


¿Qué es lo que hace triste a un disco triste, exactamente? En el análisis de la canción popular suele adjudicársele el mote a melodías otoñales, melancólicas, desganadas; pero no por eso necesariamente desoladas. El Canto Nuevo carga la fama de ser el movimiento musical más quejumbroso que haya tenido alguna vez Chile, en parte por las opresivas circunstancias en las que se gestó, en parte porque sus cultores asumieron la grisura como marca de deber militante. Es graciosamente elocuente una declaración de Tati Penna, entonces voz del grupo Abril, a una vieja revista Análisis: «Usaba el bluyín, la permanente y las cosas largas para que no se notara nada […]. No estaba bien que la gente saliera de un recital del Canto Nuevo diciendo: “Mmmm, la mina rica”. Era importante que el público comentara: “Qué profunda, qué bien dice las cosas”».

El nuevo pop impulsado desde mediados de los años 80 por Los Prisioneros estampó el recuerdo burlón de lo que esa generación new-wave llamó el “Llanto Nuevo”, y fijó de ahí en adelante una fotografía que más que injusta es imprecisa. Si es por medida de congoja, la verdad es que el grueso del Canto Nuevo fue más autoflagelante que llorón; y lo que hubo en el lamento de Schwenke & Nilo, Santiago Del Nuevo Extremo o Isabel Aldunate no fue nunca el tipo de auténtico desgarro sentimental que, por ejemplo, sí pudo levantar en este disco Jorge Yáñez, un cantautor entonces alejado del colectivo en torno al Café del Cerro y al que creemos eternamente simpático (y poco más) por culpa de “El gorro de lana”.

En el brillante El huemul, Yáñez urdió la tristeza cotidiana de la vida en dictadura. Lejos del sentir generacional o ideológico, en estas ocho canciones late el drama anónimo e individual de chilenos que parecen asumir el dolor de la represión sin los recursos intelectuales que les permitan entender sus causas. Duele el exilio, la cárcel, el jefe y la pobreza; y se mastica esa pena sin poder ya distinguirla de la rutina. Es probable que Yáñez no llegase a sospechar que, tres décadas más tarde, esa narración mínima ⎯en el sentido que le dio a la palabra González Vera⎯ haría comprender mucho mejor la vida en dictadura que varias de las altisonantes proclamas de sus colegas de peñas.

El emblema de ese estoicismo puertas adentro es el que aquí ofrece “La abuela que fuma”; una historia para llorar a mares y no recuperarse en un buen rato: «Con el pucho entre los dedos», una anciana le explica al nieto al que ha criado como madre por qué no sigue los consejos médicos de alejarse del cigarro. Viuda de «un hombre sano, de una gran inteligencia», mantuvo sola a sus hijos como lavandera, y luego debió asumir la viudez de su hijo y, aún peor, su detención y relegamiento «a una zona muy fría / [donde] Enfermó de pulmonía / Y allá mismo lo enterraron». El cigarro la acompaña en este viacrucis de pérdidas, y fumar le sirve, al menos, para recuperar sus recuerdos: «La vida se desvanece como el humo del cigarro», ilustra.

Ese diálogo dura casi diez minutos. Largo es también el relato de “El huemul”, una de las mejores composiciones de la época en torno al exilio. Yáñez canta desde Chile sobre el destierro de compatriotas a Europa, pero elije hacerlo metiéndose en la piel de un padre de familia que no consigue acomodarse a Suecia. El cantautor aprovecha los recursos que le ha dado el oficio de actor para hablar en primera persona de una experiencia que no es la suya, pero que ilustra con delicada vividez:

Me traje conmigo el sol, mi vieja y los chiquillos
El frío nos recibió cortando como un cuchillo
Después fueron las palabras, amables, brindando ayuda
Que de bien poco te sirven si traes tanta amargura.
Yo siempre tuve un oficio y una plata bien ganada
Para descubrir ahora que aquí no sirvo de nada.

[…] Y ahora clavado aquí, con clavos de circunstancias
Aún guardo la esperanza de volver a mi país
Porque yo soy una parte de un entero repartido
Sólo podré completarme allá, en mi Chile querido
Porque yo tengo un lenguaje
Porque yo tengo un olor
Porque yo tengo un color
Porque yo tengo un paisaje.
Y aquí yo soy mano de obra
De un pueblo que no me integra
Aquí yo soy cabeza negra
Consumiendo lo que sobra.

Cuando muchos cantautores supuestamente atrevidos camuflaban sus denuncias en alambicadas metáforas, Yáñez llama las cosas por su nombre (y apellido) en dos canciones-crónica que suplen la censura de prensa ante dos sonados crímenes perpetrados por uniformados: “Décimas por José Manuel Parada” y “Décimas por los hermanos Vergara Toledo” son su tributo a tres renombrados mártires de la izquierda. Vuelve el testimonio en “Borrón y cuenta nueva”, el vals chilote de un ex presidiario que en su intento de reinserción comprueba de golpe el clasismo de la justicia («¿A dónde voy yo, mi amigo, que no me persiga el juez?»). La “Cueca por Víctor Hugo”, en tanto, expone a un detenido político que sueña con una caminata por Santiago que la dictadura ha vuelto imposible.

Jorge Yáñez pasó buena parte de los años 80 trabajando en televisión, a veces en espacios tan populares como “La madrastra”. Es probable que muchos ni hayan sospechado entonces la profundidad a la que podían llegar sus versos políticos. El huemul es, por eso, una sorpresa, pero también una bandera de asombrosa firmeza clavada sobre la base tambaleante del canto político en dictadura. Sirve para comprender mejor ese miedo anónimo y cotidiano que no aparecerá en ningún documental ni reportaje, pero también para sopesar a Yáñez como un autor más valiente de lo que creíamos; claro y vehemente incluso cuando debe dar explicaciones por no poder mantener la sonrisa a la que lo obligan los focos. Como están las cosas, ésa sería la risa de los indecentes:

Yo que siempre estoy contento, tengo ganas de llorar
y si me pongo a cantar es porque me afirma el canto
Que si yo largara el canto, se desbordaría la mar.

Escuchar: Yo que siempre estoy contento

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