• osvaldo gitano rodríguez — los pájaros sin mar (1976)

2010/03/25



P
ocos y profundos discos eligió editar Osvaldo Gitano Rodríguez. El cantautor más sombrío de la Nueva Canción Chilena legó tan sólo un álbum por cada una de las dos etapas que marcaron su biografía: Tiempo de vivir (1972) fue su aporte a la gesta de la Nueva Canción —a la que el porteño siempre eligió mirar desde la atalaya particular de su admiración por Violeta Parra y por los sugerentes rincones de la ciudad de Valparaíso— y éste, Los pájaros sin mar, fue grabado desde el revés espiritual de ese gran proyecto popular: un exilio abatido y su trágica distancia de los afectos.

En el sucesivo paso por Argentina, Suecia, Francia, Checoslovaquia, Alemania e Italia, Rodríguez no se prestó jamás para convocar la lucha de los pueblos ni prometer venganza contra los traídores golpistas. A diferencia de muchos de los músicos chilenos entonces en Europa que, como evidencian sus primeras canciones, creían que la caída de Pinochet estaba a la vuelta de la esquina, el Gitano masticó el destierro con polvoroso realismo; en el agobio cotidiano e impotente de una distancia impuesta que vivió con rabia y casi insoportable nostalgia.

De los discos de exilio gestados por chilenos en los años setenta, Los pájaros sin mar es uno de los más personales. Los versos se escriben en primera persona singular, y las narraciones se alargan en, a veces, herméticos devaneos sentimentales. Sin contar los dos temas ya disponibles en su primer LP (“Tiempo de vivir” y “Valparaíso”, aquí en otras versiones), las canciones de este álbum buscan compartir una pena agobiante, pues incluso los dos más conocidos covers (“Santiago de Chile”, de Silvio Rodríguez; y “Maldigo del alto cielo”, de Violeta Parra) apuntan en esa misma sombría dirección. El cantautor mira a Chile y a los afectos que ha dejado atrás, y los trae hacia su canto sin poder ofrecerles más que la añoranza. Casi siempre, ese recuerdo confunde amor y ciudad, como en “Laura”:

Se quedará de mí
ese aire frío de los pájaros sin mar
y ese clima sin fin
como de lentos ascensores que no están.
El viento soñará en las cornisas con tu pelo de mujer.
La lluvia traerá una pregunta que no puedo responder.
Laura,
tu nombre se recordará en esta canción.

Lejos,
yo estaré lejos de mi pueblo una vez más
o tal vez no.

Los bongós que suenan al fondo se suman a la fuerza de un rasgueo que constituye uno de los pocos desvíos del disco desde el cauce natural de guitarra punteada y voz. Desconocemos si, para 1976, el porteño había escuchado ya a Leonard Cohen, pero hay mucho del canadiense en esta poesía musicalizada sin adornos, cantada con énfasis, desde un atractivo timbre masculino. También las imágenes urbanas con las que el chileno presenta a sus afectos recuerdan al autor de “Suzanne”.

Otras tres canciones de este disco llevan un nombre propio en el título: “Ignacio, canción para mi hijo”, “Canción de muerte y esperanza por Víctor Jara” y “Canción para Viera”. Si la última es el saludo a su esposa checa (Viera Bodnarova), las dos primeras transmiten el dolor casi inabarcable por la distancia de dos de sus seres más queridos, uno de ellos de modo irreversible: «Aquí es invierno aún / y la neblina teje una cortina en la ciudad, / y a veces se deshace en una lluvia, / que es su forma de llorar. / Yo invento alguna vez palabras de tu voz y de tus manos de marfil, / y observo cómo juegan los niños en la ciudad / que piensa en ti», le cuenta a su hijo en una carta cantada que por sí sola sintetiza los crueles efectos del exilio. A su amigo Víctor Jara, en tanto, Rodríguez se niega a darlo por muerto, y planea con él su próximo encuentro:

Ay, yo sé que no te fuiste sino que
estás desperdigado por ahí,
y esperas que te vamos a buscar.
Allí nos tomaremos de la mano
para pelear unidos esta vez.

Pero la narración más cautivante es la que aquí se presenta en “Canción de Ezeiza”, mezcla de introspección autobiográfica y confesión temerosa sobre lo incierto del futuro. Rodríguez parece estar compartiendo por primera vez traumas largamente silenciados, a los que la situación límite del exilio pone de nuevo frente a sus ojos. No sólo el punteo de guitarra es hermoso, sino que el golpe monocorde de estos versos oscuros levantan un muro autoral sólido y atrayente:

Mis ojos que se fueron perdiendo hacia el final
dejaron un silencio entre la gente,
y así fui un ermitaño en una gran ciudad,
en ásperas historias de mí mismo.
Allí donde comienza la propia oscuridad,
yo interrogaba cosas que no existen.
Me voy por el camino que acaba de empezar,
voy a sembrar al viento mis historias.
Cuando el sol se despierte me volveré a esperar
que acaben de encontrar mi paradero.
[… ] Cómo seguir a solas, arando sin final
en la temible tierra del exilio.

Sus idas y venidas por el mundo, su carisma y su doloroso reencuentro con Chile, en 1989, han contribuido a bosquejar el recuerdo del Gitano Rodríguez como el de un personaje inasible y fracturado, de difícil definición y casi intimidatoria estampa. Las fascinantes canciones de éste, su último disco de estudio, contribuyen también al misterio, pero despejan la duda más importante: el autor del vals “Valparaíso” sí fue un poeta mayor de nuestra canción, cuya tristeza íntima sirve como síntesis certera del drama de parte de su generación.

Escuchar: Canción de Ezeiza

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4 Responses to “• osvaldo gitano rodríguez — los pájaros sin mar (1976)”

  1. Pedro Galindo Says:

    El título del disco no podía ser más lúcido: pájaros sin mar. Sobre todo para ese año. ¿Oí mal o dice ‘yo integogaba cosas que no existen’?

    PS: No pude evitar imaginarme este blog como programa de radio. Y qué falta nos hace un equivalente a NPR.


  2. Hola Marisol,
    Me ha encantado el análisis sobre el disco de Osvaldo. Estoy realizando una tesis de doctorado sobre él en la Universidad de Barcelona.
    Un abrazo!

    Nelson

  3. Chasa Says:

    Hola Marisol,
    muy bueno tu blog.
    Hay un LP de Los Olimareños que salió a principios de 1973. Lo tuve alguna vez y nunca más lo encontré.

    saludos


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