• raúl acevedo — callejeando por decreto supremo (1986)

2010/04/07






Tardes vacías, universidad intervenida, prepotencia militar y esos horribles anuncios de neón. A falta de un mejor panorama, Raúl Acevedo recorre el centro de Santiago «camino a ninguna parte», y su desgano es el pulso de quien ha sido condenado a un tedio insufrible, y sospecha que algo aun peor está por venir:

Mi rector y mi general me han prohibido estudiar.
Mis zapatos ya gastados van contando paso a paso
las baldosas de este exilio, lejos de mi facultad.
[…] Y la noche se va hundiendo entre el trago y la agonía
de esas muchachas que bailan su miseria en un topless.
Con el sol de la mañana he llegado hasta mi cama,
y antes de dormir, me digo:
Soñaré que va a caer.

El relato de “Callejeando por decreto supremo” es casi palpable en su realismo. Se inspira, de hecho, en la expulsión de la que el cantautor fue víctima cuando el cargo de «incitación a actividades político-partidistas dentro del recinto universitario» lo dejó fuera de Diseño Industrial en la Universidad de Chile. Imagina uno la bruma en el Paseo Ahumada, los kioscos tapizados de mentiras oficialistas, los informantes agazapados. Dentro de ese cuadro inescapable, la de Acevedo es la voz de quien canta para mantenerse lúcido; sin vocación heroica alguna, pero con la disposición a afirmar un sentido ético que permita pensar por encima del horror. Su canto es solitario, y no tiene una causa colectiva que lo acoja. Su escenario son, apenas, las «cuatro paredes grises» que atestiguan el brillante manifiesto de “Poniéndome un poco más denso”, que desgrana in crescendo algunos de los insoportables tópicos de la cultura alternativa de la época.

Pienso en la poesía,
busco los fundamentos,
llega lo cotidiano
y se desmoronan los argumentos.
No me entusiasma seguir colgando
de las petrinas de la Violeta.
Tampoco quiero que me publiquen
un cancionero en La Bicicleta.
No soy poeta ni trovador,
tampoco soy mero espectador.
Mi canto es verso, guitarra y vida;
de ningún modo es fruta prohibida.
Por otra parte, ya estoy cansado
de noticieros prefabricados,
y si no acepto seguir callando
las injusticias del que decreta,
no es un motivo para que piensen
que la guitarra es mi metralleta.

Gracioso o áspero, mas siempre agudo, Raúl Acevedo fue un autor por completo atípico para el Canto Nuevo, que partió acogido a la esfera universitaria, siguió luego en varios años de casi completa soledad, y concluyó encauzando su canto en las anchas poblaciones periféricas de Santiago, donde hasta hoy concentra parte importante de su trabajo en vivo y en las que ha inspirado algunas de sus más conocidas composiciones. Una de ellas es “Simplemente despierta, María”, que en este disco se ofrece como el saludo cariñoso pero incisivo a la mujer pobladora que reivindica a sus víctimas «levantando las banderas de la clase popular»:

Déjate de teleseries,
y mira la realidad,
que aquí nadie va a venir
a regalarte dignidad.
En el kiosco de la esquina
los titulares del diario
hablan del cometa Halley
y del Colo que está malo.
Y tú con más fantasías
todavía no hai pensado
qué le vai a echarle al agua
para convertirla en caldo.
Ay, María.

Casi ajenos a la metáfora que mareó a parte importante de su generación, los textos de Acevedo son dardos de denuncia franca o expresión de hastío sin recovecos. En “Yo no dialogo” expone de una vez y para siempre su opinión sobre los esfuerzos de reconciliación nacional y transición consensuada a la democracia: «Con fachos y generales / no se pude dialogar […] / Yo lo único que quiero, es mandarlos a cambiar». Y en “Futuro ya lo decide” advierte que «seré canto alado, / firme voz de resistencia, / un disparo libertario / al centro del cañón que nos robó la libertad». Su indignación es sin matices, y va siempre acompañada de la disposición a la lucha.

En ninguna de estas doce canciones puede el autor escapar de la dictadura, pues ella tiñe incluso los versos de amor que Acevedo levanta también desde la frustración por la libertad perdida. Lucha colectiva y afecto privado se funden aquí en temas como “Canción de amor y revolución” y “Desagravio a un sentimiento allanado”, que exponen a la pareja romántica a la vez como un refugio y un deber. El encuentro amoroso es el paréntesis pasional para un entorno de violencia permanente, como la que se decribe en “18 de agosto” (que se inicia con sonidos de helicópteros y metralletas militares). El de este disco es el Santiago de barricadas, ollas comunes y allanamientos, y sirve como un recordatorio poderoso para el tipo de oposición a los militares que los largos años de transición terminarían desdibujando en un tibio abrazo reconciliatorio. Combinan bien con esa rudeza los tintes eléctricos que Acevedo les pone a sus cuerdas y arreglos —y que aportan en textura, tensión y profundidad—, y que hablan de un autor probablemente más cercano al rock de lo que entonces acostumbraban los cantores de protesta.

La debida revisión que aún espera el Canto Nuevo merece contemplar las muy diversas esquinas desde las que se le cantó a esos años de resistencia. La de Raúl Acevedo es menos calma y aseada que la de Eduardo Peralta, quizás, y no tiene a la mano vasos limpios para el vino caliente que preferían los seguidores de Schwenke & Nilo. Es una esquina agreste, sufrida e inmisericorde con «el disidente de café / que ahora pretende tener show / con los problemas que se mama usted» (“El show no debe continuar”), pero, por lo mismo, vivísima para comprender que la cantautoría de los años ochenta en Chile fue, también, un ejercicio en terreno. Éste es canto de un realismo incómodo y doloroso, pero, por lo mismo, revelador y valiente. La tensión que transmite es como la un crudo documental que intencionalmente ha dejado sus imágenes sin editar.


Escuchar: Poniéndome un poco más denso
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