Apremiado por asuntos mucho más urgentes, el Canto Nuevo no fue un movimiento que se permitiera la ambición formal. Algunos de sus discos más representativos pueden haber sido, sí, dechados de virtuosismo y magníficos arreglos (Ortiga, Aquelarre, Grupo Abril), pero no alcanzaban por ello el vuelo autoral que puede mostrar un trabajo en el que el protagonista quiere proyectarse en las facetas múltiples de la composición, la poesía, la producción y los arreglos. Vida fue el álbum en el que Óscar Andrade buscó legitimarse de modo simultáneo en todas esas áreas, y también su intento por desligarse de la contención que caracterizó a sus compañeros generacionales («rústica», a sus oídos). Si el hombre de “Noticiero crónico” escapa a la clasificación estricta del Canto Nuevo no es tanto por el desdén que produjo en ese círculo su cercanía con la televisión de la época o su resistencia a expresiones políticas explícitas, sino por la altura por completo excepcional y extraña de este disco. Están acá, es cierto, sus dos temas más populares (“Noticiero crónico” y “La tregua”), pero, sobre todo, está la guía personalista y abarcadora que de allí en adelante (y hasta ahora) convirtió a Andrade en una rara avis del panorama musical chileno.

El esfuerzo por saltar de la trova a algo asociable al rock sinfónico es la marca distintiva de un trabajo que se ajusta tanto a la guitarra acústica como al gran coro y orquesta, y que acude repetidamente al crescendo como recurso de énfasis. La canción más completa en ese sentido es “Vida”: campanas, violines, trompetas y voces polifónicas para el ambicioso recorrido biográfico de un hombre poderoso que habla en tiempo presente desde su infancia ingenua, luego su frustrada juventud, su despótica adultez y, al final, su amarga agonía:

Ya estoy viejo y lo sé,
pues mi alma vive en pena y soledad.
Tengo miedo a pagar
en carne propia mi debilidad.
¿Qué hice mal,
qué hice bien?
Dios santo, dime en qué me equivoqué.

La canción da la impresión de ajustarse a una obra conceptual que, a la larga, no termina siendo tal. Ese cantautor casi mesiánico cederá luego el micrófono a un joven enamorado (“La tregua”), un trovador introspectivo (“Imposibles”), un padre cariñoso (“Emerson”, el nombre de uno de sus hijos, elocuente del gusto del chileno por el rock sinfónico) y a un agudo observador social que se ajusta estupendamente a un tipo de sarcasmo que era extraño en la canción local hasta Jorge González. Andrade se adelanta a Los Prisioneros en dos estupendas canciones contra arquetipos de la época más o menos reconocibles: el artista complaciente y servil de “Pan y circo” («crear de acuerdo al rating / cantar lo que es de moda y falsa inspiración») y el rebelde con mesada de “Los flacos cósmicos”. Se dijo y escribió que ambas canciones tenían dedicatoria clara (Fernando Ubiergo y Miguel Piñera), pero sólo con la segunda la relación es automática. «Son ambidiestros pa’ sentir / usan la izquierda pa’ vender / y la derecha pa’ vivir», canta Andrade sobre «niñitos bien que un día quisieron viajar / para jugar y experimentar / sufrir con un giro mensual / […] visten también de artesanal / […] de un apellido pa’ matar». Apenas triunfó en radio y televisión con “La luna llena”, el movimiento de peñas se manifestó indignado contra el evidente travestismo político del hermano del actual presidente de Chile, pero nadie le compuso versos tan certeros como éstos.

Es paradojal que, pese a contar con una obra mucho más atrevida, personal y propositiva que la de Piñera, Óscar Andrade terminase siendo víctima del mismo prejuicio. Es como si fuese juzgado por sus triunfos en “Chilenazo” sin que alguien se diera el trabajo de escuchar sus discos. Aunque ingenua (separa el atentado a Juan Pablo II y las guerras en Medio Oriente como únicos símbolos de barbarie), “Noticiero crónico” fue una canción atrevida: irónica para retratar la devoción local por la pantalla chica e ingeniosa para reformular una estructura de trote andino. No era, exactamente, un tema político, pero al menos imponía una solemnidad extraña para los platós televisivos de la época. Con observaciones y deconstrucciones similares, el fantástico primer disco de Flor Motuda llevaba ya seis años de edición para cuando apareció Vida, y es muy probable que el compositor de Curicó tuviese sobre Andrade una influencia mucho mayor de la que se ha reconocido hasta ahora. Aquí está, de hecho, un cover para su hermosa “Pronto amanecerá”.

Los otros dos covers incluidos se permiten suficientes licencias para dejar al auditor con la duda de si buscaban o no un homenaje político específico. “Casamiento de negros”, de Violeta Parra, se escucha por primera vez sin guitarra de palo, primero sobre un ágil piano y luego entre flauta, batería y riffs eléctricos que aparecen con ganas de fiesta; más en un ejercicio de estilo que de manifiesto. “Llegó volando”, de Patricio Manns, sufrió la adaptación de dos versos; al parecer porque Andrade se sintió incómodo con las palabras ‘militares’ y ‘sables’. Hay cantautores así, para los que la forma musical está por encima del respeto a una determinada tradición o mensaje. Con el paso del tiempo, forma y fondo se van equiparando en la apreciación auditiva, y se extraña en este disco más claridad discursiva dado el contexto social de su grabación. «Tuve que mantener en secreto mis influencias, porque me hubieran tildado de cerdo capitalista si yo decía que escuchaba a Pink Floyd, Yes y a mi ídolo, David Bowie. A los del Canto Nuevo yo los consideraba rústicos», diría Andrade años más tarde. La suya era una cabeza puesta entonces más en Inglaterra que en Chile, y, este disco es honesto con esa pretensión: por incomprendido que fuese entonces o por personalista que siga pareciéndonos hoy.

Escuchar: Vida – Óscar Andrade.