En el apartado de biografías singulares de la música popular chilena, pocos cantautores pueden competir con Fernando Ugarte, un músico poco recordado hoy —hace décadas reside en Italia—, pero que en los años sesenta y setenta se convirtió en nombre familiar debido a su involucramiento en iniciativas de gran difusión, como el Segundo Festival de la Nueva Canción Chilena, las legendarias giras del programa “Chile ríe y canta” y hasta un programa propio en Televisión Nacional (“Raíces del canto”). Su gran peculiaridad está dada por haber sido un cantor difundido primero en su condición de sacerdote. Como seminarista, Ugarte fue parte de Los Perales —quizás el grupo evangélico más popular en la historia de Chile (“El peregrino de Emaús” es su más conocido legado a las misas católicas)—, y continuó luego, pasada su ordenación, en la publicación solista. Este disco, de hecho, fue grabado cuando el músico era todavía un religioso consagrado.

Basta ponerles atención a las letras de Requiem para adivinar que de la orientación vaticana el quiebre estaba próximo. Queda rápidamente claro que el autor coincidía con una crítica de izquierda ya incompatible con el voto de obediencia sacerdotal («para mí, el más difícil», según él mismo recordaría más tarde), y, poco después de la publicación de este disco, Ugarte decidió renunciar al sacerdocio y sumarse con entusiasmo al compromiso de muchos amigos suyos en la música de contenido (acompañado, en su caso, de la militancia en el MAPU). Lo atractivo de este disco es precisamente el cruce entre ese discurso revolucionario con la formación religiosa del autor, aportándole así una perspectiva novedosa —más personal, acaso— al ansia de cambios de la Nueva Canción. “Canto del profeta” es, por ejemplo, una composición de evidente contenido evangélico, pero no por eso ajena al ardor del autor por la reivindicación en tono justiciero 

Además, y dada su circunstancia, el clamor libertario del cantautor parece doblemente profundo, y produce una especial emoción en quien lo escucha («¡eso, Fernando!», dan ganas de gritar para envalentonarlo a quebrar con su futuro bajo sotana). “Mi canto de libertad” se inicia con el recitado de una advertencia vehemente («yo no quisiera ser un animal de costumbres / antes que los gusanos den mi cadaver / […] La muerte, para los muertos / el bozal, para la bestia») y avanza luego en una hermosa proclama de honestidad hacia su mirada del mundo y la curiosidad de su espíritu:

A nadie pido perdón
ni permiso por cantar.
Mi canto de libertad
es tan libre como yo;
malaiga, si me han de atar.
Conmigo no hay ataduras,
ni amenazas ni dulzuras
pa’ dejarme amaestrar.
Maldita sea mi paz
si vendo mi pensamiento,
que sea como la noche
sobre una cumbre de invierno
y absurda como la aurora
en la fosa de los muertos.

Es también la libertad la gran tributada en “Ando buscando un camino”, ideal que se amplía en “Las banderas” como el sueño para el destino del continente completo, aún atado a la explotación extranjera («levantamos cien fronteras / contra cien pueblos hermanos / sin romper las cien cadenas / que maneja un pueblo extraño»). Ugarte asume su canto como una proclama amplia, que incluso cuando hace referencias personales se extiende a una mirada de colectiva solidaridad. Orientar la vida según una causa, compartir el esfuerzo diario en una lucha mancomunada: es el gran tema de “Requiem”, un canto casi completamente a capella que abre el disco con una reflexión mortuoria en torno al sinsentido de una vida puramente autocentrada.

Lágrimas y ramilletes,
lutos y panegíricos,
¿para qué?
Si el que murió vivió solamente para sí,
dos veces muerto quedó,
y qué más da.
[…] Yo quiero que me conduzcan
donde es libre el pensamiento,
donde el trigo se hace pan
y el vino no tiene dueño.
Los buscadores de oro
se irán por otros senderos,
los que fueron siervos y amos
ahora serán compañeros.

 

Más que la cación de raíz latinoamericana que encendía a muchos de sus contemporáneos, Fernando Ugarte se fascinó con la tradición musical del Valle Central chileno. Desde su adolescencia fue un estudioso de artefactos campesinos como la décima o el canto a lo poeta. Por eso, y más allá de sus letras, este disco puede disfrutarse como un valioso recodificador de tradiciones folclóricas, que el autor toma y tributa, pero que también se permite alterar con detalles renovadores: el corno de “Ando buscando un camino”, la flauta sobre la zamba “El extraño”, la sociedad de guitarra y charango de “Las banderas” (escrita en décimas, y apoyada en el golpe firme a un bombo legüero).

“Como si fuera pan duro” es una tonada de graciosa picardía: «Qué más querís que te cante / si mi deseo es morderte. / Ya que si no mato el hambre, / al menos engaño el diente“. El sacerdote Ugarte ya no estaba para sublimar su coquetería, sin duda. En “Mi dulce Carolina”, un tema satírico, tributa la minifalda y la «blusa escotada» de una joven de «tiernas caricias», que termina convertida en presa de alto riesgo: «Me dio un golpe de karate / cuando la quise abrazar, / me apuntó con la metralla: / siete costillas quebradas y tres meses de hospital». Es humor, claro; el mismo que en “Misia Toti Rerricagoitia” se extrema hasta el franco sarcasmo con la descripción de una veterana con chal de Christian Dior que pasea por El Golf «con su hermoso perrito pekinés / del Kennel Club el gran champion. / De uno para otro es alma y corazón, / toda ternura y célibe pasión».

Ugarte aportó con este disco otros colores a la Nueva Canción Chilena, sin por ello apartarse de la seriedad con el que el movimiento asumía su voz social. El tono general del disco es solemne, y hasta puede interpretarse desde lo dramático si se le inserta en su momento histórico.  “El extraño”, conmovedora zamba pacifista —a dúo con Andrés Opazo, compañero suyo en Los Perales (del grupo se incorporan dos canciones, que desentonan con el resto del disco)—, acaso presagió el drama por caer sobre Chile:

Llegaron unos extraños al pueblo dónde vivía
el martillo que tenía por fuerza me lo quitaron
pa’ vestirme de soldado y matar a mi vecino
porque eran de rojo vivo las flores que cultivaba.

Requiem demuestra la hondura de la Nueva Canción también en aquellos discos por fuera del catálogo de Dicap y sus nombres más famosos. Cuatro décadas luego de su auge, y pese a la infinidad de tesis y textos que revisan su legado, el auditor queda con la impresión de que algunas de las mejores canciones de ese momento son aún materia de un urgente desempolvamiento.

Escuchar Requiem (disco completo)

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